Opinión

Guerra sucia: La democracia en riesgo

Los partidos políticos y sus candidatos están inmersos en una confrontación sin parangón para exhibir quien es el más corrupto y mentiroso, a tal extremo que antes de que inicie la campaña formal están judicializando el proceso electoral con acusaciones, Anaya por lavado de dinero y Meade por desvío de recursos públicos.

La guerra sucia está en todo su apogeo, la cual  no solo denigra y prostituye la política como comentamos la semana pasada, sino que también  violenta los principios fundamentales de la democracia y fomenta la desconfianza de los ciudadanos.

En su afán de arribar al poder a como de lugar y a toda costa, candidatos y partidos políticos han olvidado que la democracia es el gobierno del pueblo, no la alternancia de un partido a otro. El quítate tú para ponerme yo.

La democracia en estas elecciones está en riesgo, dejó de ser para la inmensa mayoría de los mexicanos una vía de solución al autoritarismo, la ilegalidad, la corrupción y la impunidad de las instancias de gobierno.

Ahora es percibida por los ciudadanos como causa no únicamente de la corrupción política, sino incluso de la desigualdad social, la pobreza, el estancamiento de la economía y el  auge de  la violencia y la inseguridad, lo que desde luego carece de sustento y es sumamente peligroso tanto para la sociedad como para el Estado mismo.

En un contexto social de malestar y desconfianza se corre el riesgo de involucionar al antiguo régimen autoritario y con ello, darle el tiro de gracia al hoy endeble sistema democrático.

Es indiscutible que estamos en presencia del desmoronamiento del entramado institucional que le da soporte a la democracia. A saber: el sistema de partidos, el sistema electoral y el de sistema representación popular, que son sus pilares fundamentales.

También no hay duda que el país está inmerso en una  profunda descomposición social de la que nos quejamos en lo individual, pero no hemos encarado como comunidad.

Los ciudadanos nos hemos desatendido del interés público y refugiado en el  interés privado, lo que ha erosionado la cohesión y convivencia social. Dejamos a partidos y gobernantes hacer y deshacer lo que les viene en gana, con el erario público, los recursos naturales del país y la Constitución, en beneficio propio y de sus socios nacionales y extranjeros.

Para que el Estado Mexicano deje de ser un negocio de la clase política, tenemos que reivindicar nuestra condición de ciudadanos, no solo el de contribuyentes, consumidores y usuarios a que nos han reducido. No hay otra forma de fortalecer la democracia y la gobernabilidad; defender la soberanía de México e impulsar el bienestar social.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *